El portón del hospital psiquiátrico se cierra con un chirrido largo, oxidado, como si la misma estructura se lamentara por recibir una nueva alma rota.
Camille Leclerc — Calderón es escoltada por dos enfermeros y una doctora de rostro inexpresivo. Sus pasos resuenan en el suelo de baldosas blancas, frías, perfectamente alineadas.
Las luces del pasillo parpadean, no por fallas eléctricas, sino por costumbre. Todo en este lugar parece al borde de la descomposición controlada.
Camille mantiene l