El silencio en la habitación donde Camille está sentada es absoluto, tan afilado que cualquier sonido menor podría romperlo como una copa de cristal.
Lleva un vestido negro de seda, largo hasta las rodillas, y un abrigo de diseño que cuelga con elegancia de sus hombros.
Frente a ella, una copa de vino tinto reposa sobre la mesa baja, intacta. No bebe. No sonríe. Solo observa.
Su teléfono vibra. Lo toma con una lentitud meticulosa, desliza el dedo por la pantalla, y lee el mensaje. Dos palabra