El reloj marca las cuatro de la madrugada cuando Henry sale del edificio de seguridad privada que ha contratado para revisar las cámaras de la zona.
Tiene ojeras marcadas, la chaqueta arrugada, y las manos le tiemblan del café que lleva tres horas enfriándose en su vaso térmico. Pero no se detiene. No puede hacerlo.
Emma sigue desaparecida.
La imagen de la pequeña abrazando su peluche de unicornio, con los rizos dorados rebotando mientras se despedía de Isabella esa mañana, se le ha grabado en