Las luces del pasillo parpadean con un zumbido tenue que parece burlarse de la calma forzada del Instituto Psiquiátrico en el que Camille se encuentra.
Ella se sienta en la esquina de su habitación acolchada, con las rodillas abrazadas al pecho y la mirada fija en la cámara de vigilancia, convencida de que alguien más —alguien aparte del personal médico— la observa.
Sus dedos tiemblan, no por frío, sino por la impaciencia.
Ha pasado semanas en ese lugar, entre entrevistas, fármacos, y las voc