Después de aquel día, el Alfa y la Luna me llamaron varias veces.
Su tono era amable, intentaban convencerme de volver a la Manada Bravo.
Yo lo rechacé sin dudar.
Ese lugar me costó toda la vida escapar de él, ¿cómo iba a regresar?
El día en que me encontré con Ignacio para comer, él llegó como siempre: discreto, vestido de negro, la visera de la gorra cubriéndole el rostro.
Lo entendía. El Alfa de la Ciudad Central siempre estaba bajo vigilancia, y más alguien como él, primer portavoz en el Con