Asentí con frialdad hacia el Alfa y la Luna que estaban en la entrada.
—Perdón, tengo otros asuntos. Me retiro primero.
No esperé su respuesta y salí directo.
Apenas caminé unos pasos, sentí que las fuerzas se me desvanecían. Me dejé caer en los escalones de piedra.
La mejilla me ardía, los oídos zumbaban. El golpe de Fernando no había tenido piedad.
Siempre fue igual: dispuesto a creerle a cualquiera, menos a mí.
Mariana supo fingir. Desde la preparatoria vivía echándome la culpa de todo.
Cuand