El primer rayo de sol entró tímidamente por la ventana, dorando la habitación y despertando a Natália con suavidad. Afuera, la finca ya estaba en pleno ajetreo.
Natalia se levantó lentamente. Por un momento se quedó de pie ante el espejo, observando su propio reflejo; el rostro aún sereno, los ojos tranquilos. Sentía algo diferente: ya no era el miedo lo que la dominaba, sino una especie de tranquila aceptación, como si la oración de la noche anterior hubiera sido, de alguna manera, escuchada.