En cuanto la puerta se cerró tras ella, Fernando, en un arrebato de furia, barrió la mesa con las manos, tirando al suelo todo lo que había sobre ella, y luego cogió un vaso y lo lanzó contra la pared; solo entonces el silencio pareció tomar forma.
Fernando permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando únicamente el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza, como si resonara en las paredes de la oficina.
Se pasó las manos por el pelo, respirando hondo, tratando de recomponerse.
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