El coche negro se deslizó por la carretera asfaltada que unía la pista de aterrizaje con la sede de la finca. El sol del mediodía hacía temblar el aire sobre los campos dorados de soja, y a lo lejos se veían los corrales y los silos metálicos reflejando la luz. Cuando el vehículo se detuvo frente a la entrada principal de la mansión, el ruido del motor cesó y el silencio del campo pareció más profundo.
Carlos bajó primero, ajustándose la chaqueta clara y abriendo la puerta trasera. Dos hombres