En su habitación, Natália se miraba en el espejo, sentada frente al tocador. El corazón le latía desordenadamente. Una novia debería estar feliz ante la llegada del día tan soñado, pero ella tenía el corazón angustiado, no sabía lo que sentía. Los sentimientos eran demasiado confusos para entenderlos.
Miró el vestido de novia colgado delicadamente en una percha y, sobre el puf, el velo y las joyas que habían pertenecido a la madre de Fernando. Recordó el cuadro del comedor, la sonrisa serena y