Paula se quedó unos minutos observando cómo Carlos y Laís se alejaban. La risa suave de la chica resonaba en la distancia, y eso bastó para que una amarga inquietud se extendiera por su pecho.
Durante años, Carlos había sido atento, amable, siempre dispuesto a ayudarla con cualquier cosa o a hacerle un cumplido para llamar su atención. Y ahora, de repente, parecía haber olvidado que ella existía.
No, no podía haberla olvidado así, volverá a arrastrarse a mis pies. Pensó
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El sol de la tarde