Solo faltaban dos días para la boda, la casa de la Finca Santa María parecía un hervidero. Por los pasillos, los empleados iban y venían apresurados, cargando flores, telas y cajas. El aire estaba impregnado del olor a pastel, a cera de madera y del perfume de las rosas blancas que llegaban a montones para los arreglos.
En la cocina, el renombrado chef, un hombre de voz firme y acento extranjero, había tomado el mando con su equipo. Las ollas brillaban sobre los fogones, las bandejas se alineab