El sol ya estaba alto y el calor era sofocante. Natália caminaba lentamente por la terraza de la casa. Su mirada se detuvo en la piscina azul, amplia e impecable, casi como un adorno olvidado en el jardín. La superficie brillaba bajo la luz intensa, invitándole a entrar.
“Nunca he visto a nadie usar esta piscina…”, pensó. Un impulso la invadió, con ganas de refrescarse.
De vuelta en la habitación, abrió el armario y encontró un bañador negro. Se lo puso y se cubrió con el albornoz claro antes de