Natalia se agarró con fuerza al borde de la piscina, dividida entre el orgullo y la tentación. Se levantó lentamente, tratando de mantener la dignidad, y se dirigió a la tumbona para coger el albornoz. En el instante en que se dio la vuelta, se encontró a Fernando muy cerca de ella, observándola sin disimulo.
—¿Ya estás satisfecho? —dijo ella, tirando del albornoz y cubriéndose los hombros, con voz cortante.
Él ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa torcida.
—Todavía no —respondió en voz baja,