En cuanto entró en la habitación, Natália giró la llave dos veces y se apoyó en la puerta durante unos segundos, respirando profundamente. Solo entonces se quitó los zapatos, la peluca y se dejó caer en la cama como si llevara el peso de días enteros.
Su cuerpo estaba agotado, pero era su mente la que parecía no poder parar. La presencia de Carlos la incomodaba de una manera extraña y perturbadora, y lo más aterrador era admitir para sí misma que él conseguía afectarla.
Se pasó las manos por la