El impacto estremeció la calle y, por un instante, todo quedó envuelto en un silencio denso, apenas interrumpido por el insistente sonido de la bocina. Algunos transeúntes, alarmados, corrieron hacia la escena mientras el humo comenzaba a salir del capó maltrecho. Entre el caos y el desconcierto, el rostro de Javier permanecía oculto sobre el volante, inmóvil, ajeno al bullicio creciente. Nadie podía imaginar que, en ese mismo instante, la furia que lo había impulsado se desvanecía, dejando tras de sí solo la fragilidad de un hombre vencido por el dolor y la desesperación.
A lo lejos, el ulular de una sirena anunciaba la llegada de la ayuda, mientras el destino de Javier pendía de un hilo, suspendido entre la vida y la sombra de sus decisiones.
Dicen que las personas cuando comienzan a entrar en la inconciencia, por una fracción de segundos su vida comienza a pasar por su mente como si fuera una película, eso le estaba ocurriendo a él, y en ese momento, todo se detuvo en la imagen de