El quirófano permanecía en silencio, roto apenas por el sonido rítmico de los monitores. Las luces blancas caían sin piedad sobre el cuerpo inmóvil de Javier, ahora reducido a cifras, pulsaciones y alarmas que marcaban el límite entre la vida y la muerte. Nadie hablaba. No hacía falta. Cada segundo que pasaba era una negociación tensa con el destino.
—La presión está cayendo —advirtió voz del médico de emergencia—. Preparen otra unidad ¡¿Dónde está el cirujano?! No podemos perder un minuto más.
—Ya está llegando doctor—respondió con una fingida tranquilidad —. Se está preparando.
La mujer no terminó de decirlo, cuando el cirujano empujó la puerta con sus brazos levantados, ya dispuesto a intervenir quirúrgicamente.
—Hubo mucha perdida de sangre, estamos haciendo lo imposible por estabilizarlo —le advirtió el médico—. Tenemos que entubar porque su respiración está comprometida.
—¿Alcanzaron a hacerle algún tipo de placa? —interrogó con seriedad y preocupación el hombre.
—Apenas hemos