El quirófano permanecía en silencio, roto apenas por el sonido rítmico de los monitores. Las luces blancas caían sin piedad sobre el cuerpo inmóvil de Javier, ahora reducido a cifras, pulsaciones y alarmas que marcaban el límite entre la vida y la muerte. Nadie hablaba. No hacía falta. Cada segundo que pasaba era una negociación tensa con el destino.
—La presión está cayendo —advirtió voz del médico de emergencia—. Preparen otra unidad ¡¿Dónde está el cirujano?! No podemos perder un minuto más.