Samantha era plenamente consciente de que la conversación con sus hijos no sería sencilla. A pesar de la dificultad, comprendía que se trataba de un asunto que debía afrontar sin más dilación. Su silencio previo ya había causado suficientes complicaciones, y no quería seguir postergando la situación.
En cuanto los niños entraron en su habitación, Samantha les siguió y cerró la puerta tras de sí, decidida a no dar marcha atrás. Aquella acción marcaba el inicio de un diálogo necesario, aunque incómodo.
Al ver la expresión seria de su madre, Daniela no pudo evitar preguntar con cierta inquietud:
—¿Qué sucede mamá? —dijo, percibiendo la gravedad del momento.
La mujer se apoyó firmemente contra la puerta, como si ese simple gesto pudiera impedirle desplomarse. Sentía cómo una oleada de nerviosismo recorría su cuerpo, y su mente no dejaba de repetirse lo difícil que sería el momento que estaba a punto de enfrentar. El temor a la reacción de sus hijos la estremecía por completo: la incertidu