A Javier le resultó tremendamente difícil despedirse de sus hijos. Desde el primer momento, la presencia de Sebastián y Daniela había dejado una profunda huella en él. Ahora que era plenamente consciente de que ambos formaban parte esencial de su vida, todo cobraba finalmente sentido. Cada gesto y cada palabra de los niños reafirmaban ese vínculo especial que se había forjado entre ellos.
Javier se acercó a Sebastián, lo rodeó con un cálido abrazo y luego hizo lo mismo con Daniela, dándole un tierno beso en la mejilla a cada uno. La emoción era palpable en el ambiente. Fue entonces cuando la niña, aferrada cariñosamente al cuello de su padre, le preguntó con voz dulce y esperanzada:
—¿Vas a venir a vernos mañana? Me gustó jugar contigo.
Sebastián, por su parte, asintió con entusiasmo, demostrando cuánto valoraba esos momentos compartidos:
—¡A mí también! No puedes dejarnos —replicó el niño con determinación.
Javier los abrazó a ambos y esta vez, lo hizo con más fuerza, visiblemente em