Samantha sintió que el aire se le escapaba junto con la palabra, como si hubiera estado sosteniéndola durante muchos años dentro del pecho y, al soltarla, se rompiera algo que jamás iba a poder recomponer.
Javier no reaccionó de inmediato.
No hizo ningún gesto, no respiró más hondo, no se movió. Solo la miró. Con esos ojos oscuros que siempre habían sabido atravesarla, pero que ahora parecían vacíos, como si hubieran visto un accidente. O peor: como si él fuera el muerto.
—Entiendo —murmuró al fin, con una calma antinatural, casi inquietante.
Ese tono fue lo que la hizo temblar más que los gritos.
Samantha intentó acercarse, pero él dio un paso atrás. No agresivo. No brusco. Simplemente… definitivo.
—Javier, escuchame por favor… yo… —balbuceó ella, pero él levantó una mano. No para atacarla. Para callarla.
—No quiero tu explicación —dijo—. Me la guardo para después. Si es que sirve. Yo..., yo, no entiendo nada... no... no lo puedo, entender...
Samantha sintió cómo se le apretaba el es