Samantha se detuvo en seco apenas escuchó el grito de su hija. Su corazón dio un vuelco tan violento que casi sintió que le faltaba el aire. Giró la cabeza, desconcertada, y entonces lo vio: Javier, plantado a unos metros, rígido, pálido, con la mirada fija en ellos como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies.
—Dani, no —susurró ella, pero ya era tarde.
La pequeña corría con ese entusiasmo inocente que Samantha hubiera querido proteger a toda costa. Porque ese salto inocente hacia Javi