Samantha se detuvo en seco apenas escuchó el grito de su hija. Su corazón dio un vuelco tan violento que casi sintió que le faltaba el aire. Giró la cabeza, desconcertada, y entonces lo vio: Javier, plantado a unos metros, rígido, pálido, con la mirada fija en ellos como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies.
—Dani, no —susurró ella, pero ya era tarde.
La pequeña corría con ese entusiasmo inocente que Samantha hubiera querido proteger a toda costa. Porque ese salto inocente hacia Javier no era más que una puñalada directa al centro del hombre que menos preparado estaba para recibirla. Sebastián siguió a su hermana casi de inmediato.
¿Y cómo la estaba mirando Javier? Como si alguien hubiera reescrito su historia sin avisarle.
Martín reaccionó primero. Le bastó ver la expresión desencajada del otro hombre para entender que la situación se había vuelto peligrosa, no físicamente, sino emocionalmente. Dio un paso adelante, sutil, protector, instintivo, casi poniéndose entre Javie