Mientras Samantha y Martín aún deambulaban por la ciudad, Javier iba directamente adonde sabía que podría obtener la información que necesitaba. Porque él era de esas personas que, cuando una idea invadía su mente, no se detenía hasta lograr su cometido.
El auto se deslizaba por las calles de Buenos Aires con la velocidad justa entre la sensatez y la desesperación. Sus manos apretaban el volante con fuerza, y en su cabeza no dejaba de repetirse la misma pregunta: ¿Por qué Martín? ¿Cómo no se di