Luciana caminó de manera sigilosa por los largos pasillos del hospital, escondiéndose cada vez que veía a alguien. Sabía muy bien que, en ese horario, las enfermeras estaban ocupadas y nadie, repararía en otra que andaba dando vueltas, ni la reconocería con barbijo puesto.
Elevó una ceja, al ver que un guardia charlaba con otro. Esperó pacientemente hasta que los hombres, comenzaron su recorrido para el lado opuesto adonde ella se dirigía.
—Es ahora o nunca —musitó, sonriendo.
Avanzó con seguridad, hasta la habitación en la que se encontraba Javier.
Lo observó detenidamente por un instante. Ahí yacía inmóvil e indefenso aquel hombre que había sabido infundir temor a otros con solo una mirada, ese que emitía una palabra y lograba lo que quería, ese que tantas veces la había despreciado.
Se acercó lentamente, saboreando cada instante de ese momento, como si fuera un gato jugando con su presa. Cuando estuvo al lado de él le dio un marcado beso en la frente.
—Hola Javier —dijo, con voz me