Luciana estaba a punto de estallar. Por orden de los padres y Javier y de la propia Samantha, no podía acercarse al hospital. Eso la enfurecía cada vez más, su odio contra su prima crecía día a día al punto de volverla peligrosa.
Lo poco que sabía sobre la salud de Javier, era por sus padres.
—Es que, ¡No es justo! —protestó mientras caminaba de un lado al otro del salón—. ¡Yo debería estar con él! ¡No, Samantha! ¡La odio, la odio!
Elena apenas podía escuchar las duras palabras de su hija. No concebía que alguien pudiera guardar tanto resentimiento dentro suyo. Inconscientemente, miró a Gustavo.
El hombre permanecía en silencio mientras escuchaba a su hija.
—Gustavo, ¿no pensás decirle nada a tu hija? —le recriminó, la mujer—. ¿La estás escuchando?
Él, frunció el ceño.
—¿Qué querés que diga? —respondió con suma tranquilidad—. Digamos que un poco de razón, Luciana tiene. No entiendo porqué Julián e Isabel han tenido esa actitud para con nuestra hija. No lo creo justo, des