Con manos temblorosas, Luciana trató de encender el auto, pero simplemente le fue imposible hacerlo.
Su mente era una vorágine de pensamientos e ideas oscuras que solo la llevaban a sentir un visceral odio hacia todos, pero en especial hacia Samantha.
Ahora entendía que hiciera lo que hiciera, ella nunca podría estar a la altura de su prima, simplemente porque no pertenecía a esa familia.
No era una Guerrero y nunca lo sería. Sebastián se había encargado de recordárselo en cada gesto que había