Con manos temblorosas, Luciana trató de encender el auto, pero simplemente le fue imposible hacerlo.
Su mente era una vorágine de pensamientos e ideas oscuras que solo la llevaban a sentir un visceral odio hacia todos, pero en especial hacia Samantha.
Ahora entendía que hiciera lo que hiciera, ella nunca podría estar a la altura de su prima, simplemente porque no pertenecía a esa familia.
No era una Guerrero y nunca lo sería. Sebastián se había encargado de recordárselo en cada gesto que había tenido para con ella.
—Viejo de mierd@ —escupió, sonriendo con desdén—. Lo mejor que pudo haber hecho es morirse. Tendría que haberlo hecho mucho antes...
Se quedó pensando unos instantes, mirando hacia la casa de sus padres. Su respiración de a poco se fue pausando como si su sangre fría comenzara a inundar sus venas.
Tenía que calmarse y pensar.
No podía irse de allí con la verdad a medias o sin decir lo que pensaba. Esa, no era ella.
Bajó del auto con sumo control de si misma, acomodó su ropa