Julián miró hacia donde estaban Samantha y Martín. Le pidió amablemente a Paulina que cuidara de su esposa.
—¿Adonde vas? —le preguntó Isabel, preocupada.
—Tengo que hablar con Samantha —dijo con firmeza y seriedad—. Quedate acá con Paulina ya vuelvo.
Ninguna de las dos mujeres se atrevió a detenerlo. El hombre fue hacia los jóvenes. Martín clavó su mirada en él, frunciendo el ceño.
Se pudo de pie de manera defensiva, dispuesto a defender a Samantha ante un eventual ataque.
Julián se detuvo a pocos pasos de ellos. No levantó la voz ni hizo ningún gesto brusco, pero había en su postura una tensión contenida que no dejaba lugar a equívocos. Sus ojos se posaron primero en Martín, evaluándolo, midiendo ese instinto protector que se había activado de inmediato, y luego en Samantha.
—Tranquilo —dijo, con calma firme, dirigiéndose a Martín—. No vengo a pelear. Bajá un cambio.
Martín no se movió. Permaneció de pie, el cuerpo levemente inclinado hacia adelante, como una barrera silenciosa.
—De