El silencio que siguió fue absoluto. No uno incómodo. Uno brutal.
De esos que dejan a todos sin aire.
Julián sintió que el mundo se le deslizaba bajo los pies. Sus ojos se clavaron en Luciana, incrédulos, como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Hijos… qué? —repitió Isabel, con la voz quebrada, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué estás diciendo?
Luciana soltó una risa corta, desquiciada.
—Lo que escucharon, Isabel. Dos nietos. Gemelos. —Miró a Samantha con odio puro—. Los hijos que ella le