El silencio que siguió fue absoluto. No uno incómodo. Uno brutal.
De esos que dejan a todos sin aire.
Julián sintió que el mundo se le deslizaba bajo los pies. Sus ojos se clavaron en Luciana, incrédulos, como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Hijos… qué? —repitió Isabel, con la voz quebrada, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué estás diciendo?
Luciana soltó una risa corta, desquiciada.
—Lo que escucharon, Isabel. Dos nietos. Gemelos. —Miró a Samantha con odio puro—. Los hijos que ella le ocultó a Javier durante años Quién lo diría ¿no? Con esa carita de mosquita muerta, también tiene muertos en el placard.
Isabel dejó escapar un gemido ahogado. Paulina la sostuvo antes de que se desplomara.
—Eso… eso no puede ser verdad —balbuceó Julián, negando con la cabeza—. Samantha, vos no serías capaz de eso, jamás... ¿no?
La joven no emitió palabra. Estaba como congelada. No se sentía capacitada en ese momento para dar explicaciones.
—Ella se encargó de que Javier no lo supiera..., estaba