Apenas cruzaron las puertas automáticas, el olor a desinfectante y el murmullo constante del lugar la envolvieron. Camillas que iban y venían, médicos hablando con rapidez, familiares esperando con rostros desencajados. Todo parecía avanzar demasiado rápido y, al mismo tiempo, lento.
Martín se acercó al mostrador y se identificó con voz firme. Dijo el nombre de Javier, explicó el accidente, preguntó por su estado. Samantha observaba la escena desde unos pasos atrás, abrazándose a sí misma, como si ese gesto pudiera impedir que algo dentro suyo se rompiera definitivamente.
—Señor, si no es familiar directo no puedo darle esa información —respondió finalmente la enfermera, con tono profesional—. Lo siento mucho, deberá esperar a que algún familiar de él, se lo informe, yo no puedo hacerlo.
Al oír eso, Samantha abandonó su actitud pasiva e introspectiva. Se secó las lágrimas y dio un paso adelante.
—Soy Samantha Guerrero Paz, la esposa del señor Álvarez Ortiz —pronunció con voz firme—. ¡