Apenas cruzaron las puertas automáticas, el olor a desinfectante y el murmullo constante del lugar la envolvieron. Camillas que iban y venían, médicos hablando con rapidez, familiares esperando con rostros desencajados. Todo parecía avanzar demasiado rápido y, al mismo tiempo, lento.
Martín se acercó al mostrador y se identificó con voz firme. Dijo el nombre de Javier, explicó el accidente, preguntó por su estado. Samantha observaba la escena desde unos pasos atrás, abrazándose a sí misma, como