Después de la conversación con Damián, Martín terminó la llamada y se vistió con rapidez. No le ofreció demasiadas explicaciones al diseñador; su prioridad era no perder ni un minuto. Simplemente le había pedido que lo esperara en la puerta para evitar despertar a todos al tocar el timbre. Además, le mencionó que necesitaba hablar con Samantha y que iba a requerir su ayuda.
El trayecto hasta la casa de Damián se le hizo interminable. La ciudad, ajena y profundamente indiferente, dormía mientras él avanzaba. Los semáforos parecían demorarse más de lo habitual, como si el tiempo se burlara de su urgencia y de su ansiedad.
Mientras conducía, el abogado no pudo evitar que su mente regresara una y otra vez a los recuerdos compartidos con Javier, su mejor amigo. Desde la infancia, ambos habían estado inseparablemente unidos por juegos interminables, charlas profundas y una contención mutua que fue forjando un lazo que iba mucho más allá de una simple amistad; era, en el fondo, una hermandad