Samantha apoyó su cabeza sobre la ventanilla del automóvil, mientras iban con Martín hacia el hospital. El trayecto se le hacía especialmente difícil; intentaba contener sus emociones para no llorar delante de él, pero le resultaba imposible lograrlo. La presión de la situación le pesaba y, por más que intentaba mantener la compostura, las lágrimas comenzaban a brotar sin control.
Sentía que era injusto para Martín presenciar su llanto, sobre todo por tratarse de la tristeza que le provocaba el