Samantha apoyó su cabeza sobre la ventanilla del automóvil, mientras iban con Martín hacia el hospital. El trayecto se le hacía especialmente difícil; intentaba contener sus emociones para no llorar delante de él, pero le resultaba imposible lograrlo. La presión de la situación le pesaba y, por más que intentaba mantener la compostura, las lágrimas comenzaban a brotar sin control.
Sentía que era injusto para Martín presenciar su llanto, sobre todo por tratarse de la tristeza que le provocaba el estado de su exesposo. Sin embargo, la intensidad de su angustia era tal que no podía evitar que las lágrimas fluyeran, por mucho que intentara contenerlas.
Como si adivinara su pensamiento, el abogado le dijo con su vista fija hacia adelante:
—No tenés que fingir conmigo Sam —pronunció con voz firme—. Yo, más que nadie sé lo que estás sufriendo. Y lo sé, porque también lo estoy haciendo... porque entre Javier y yo pueden haber pasado muchas cosas, pero eso no significa que yo, lo haya dejado d