La chica retrocedió un paso, pero no llegó lejos. Javier avanzó como si cada centímetro entre ellos fuera un insulto personal, un desafío que no estaba dispuesto a tolerar. La luz del balcón, cálida y dorada, le marcaba los pómulos tensos, la mandíbula apretada, los ojos oscuros cargados de una determinación que no había mostrado en años.
—Soltame —susurró ella, aunque ni siquiera estaba convencida de querer eso.
¿Por qué no podía negarse del todo a él?
—Ni lo sueñes —respondió él, con una voz ronca que parecía acariciarle la piel—. No después de mirarme así toda la noche.
—Te estoy mirando como miro a cualquiera —bufó ella, aunque tembló al decirlo.
Javier soltó una risa breve, incrédula.
—No seas hipócrita. A mí no me mirás como a cualquiera. Jamás lo hiciste —le dijo con ese tono soberbio que ella tan bien conocía—. No te creo que quieras tenerme lejos.
Samantha abrió la boca para retrucarle, pero él dio un paso más y la dejó prácticamente contra la baranda. Ella sintió el hierro f