La chica retrocedió un paso, pero no llegó lejos. Javier avanzó como si cada centímetro entre ellos fuera un insulto personal, un desafío que no estaba dispuesto a tolerar. La luz del balcón, cálida y dorada, le marcaba los pómulos tensos, la mandíbula apretada, los ojos oscuros cargados de una determinación que no había mostrado en años.
—Soltame —susurró ella, aunque ni siquiera estaba convencida de querer eso.
¿Por qué no podía negarse del todo a él?
—Ni lo sueñes —respondió él, con una voz