El agua golpeaba los hombros de Gabriel con una fuerza punzante, pero no lograba lavar los pensamientos que lo atormentaban. Apoyó ambas manos contra el azulejo frío y cerró los ojos, dejando que el vapor nublara su vista, pero no su memoria.
De repente, el ruido de la ducha desapareció y fue reemplazado por el sonido de los grillos y el chapoteo suave del agua de un lago en calma.
Tenían diecisiete años. El mundo de la mafia y las empresas de Max se sentía a galaxias de distancia. Isabella est