El ocaso comenzó a teñir el cielo de tonos anaranjados y violáceos mientras una suave brisa recorría los jardines de la villa. Después del almuerzo, ambos habían pasado la tarde viendo los avances de la restauración de la antigua casa. Lia observaba con una sonrisa cómo decenas de trabajadores cortabqn las hierbas que habían crecido en el jardín, retiraban cuidadosamente las sábanas que durante tantos años habían protegido los muebles, limpiaban los enormes ventanales y devolvían poco a poco la