Giorgio la llevaba sobre su espalda por el sendero de regreso, exactamente igual que cuando eran unos niños. De vez en cuando fingía perder el equilibrio solo para escuchar el pequeño grito de Lia antes de que ella terminara riendo con esa risa limpia que él había echado tanto de menos durante quince años. O daba vueltas para que ella se aferrara y riera como años atrás.
—¡Gio! ¡Me vas a botar!
—Jamás.
—¡Eso dijiste hace rato!
—Y tampoco te boté ¿o sí?
Las carcajadas de ambos rompían la tranqui