Después de una larga ducha, el agua caliente terminó de llevarse el polvo del camino y el olor a leña que aún impregnaba sus cuerpos. Lia se observó unos segundos frente al espejo mientras terminaba de secarse el cabello. Todavía le parecía irreal todo lo ocurrido durante las últimas veinticuatro horas. Había salido de aquella casa creyendo que solo era un refugio abandonado y regresaba sabiendo que, en realidad, había encontrado el lugar donde nació el amor de su vida.
Cuando bajó al comedor,