La mirada de Giancarlo comenzó a llenarse de auténtico pánico. Giró lentamente la cabeza alrededor de la mesa buscando apoyo, convencido de que al menos alguno de aquellos hombres con los que había hecho negocios durante tantos años votaría por él.
Pero una mano se levantó, luego otra y otra más.
Una tras otra, las nueve manos quedaron en alto, ni una sola permaneció abajo.
El rostro de Giancarlo perdió completamente el color.
—¡Malditos! ¡Hemos sido socios durante años! ¡Y ahora me dan la espa