El avión aterrizó suavemente en Francia. Marsella recibía una vez más a la poderosa familia Weiss, aquella ciudad donde durante décadas habían construido un imperio económico que, a los ojos del mundo, parecía completamente legal. Apenas el jet privado se detuvo frente al hangar exclusivo, varias ambulancias privadas y un equipo médico ya los esperaban. Todo había sido preparado con semanas de anticipación para que nadie hiciera preguntas.
Giorgio seguía profundamente dormido.
Mientras los para