La habitación había quedado completamente desierta. Sobre la cama donde durante un mes había permanecido Giorgio, ahora estaba sentada Lia con la mirada perdida. La sábana todavía conservaba la marca de su cuerpo y, sobre el velador, permanecía el vaso de agua que ella misma le cambiaba cada mañana. Frente a ella, el doctor y las dos enfermeras permanecían de rodillas. El sudor les recorría la frente mientras evitaban levantar la vista. Sabían perfectamente quién era la mujer que tenían delante