Un hombre caminaba apresuradamente por los pasillos de la mansión Santana sosteniendo un sobre color café entre las manos. Dudó unos segundos antes de tocar la puerta del despacho. Desde el interior no recibió respuesta, pero conocía demasiado bien el carácter de su jefe para insistir, así que respiró hondo, abrió lentamente la puerta y encontró a Elian de espaldas, inmóvil frente al enorme ventanal. Tenía ambas manos apoyadas sobre el cristal mientras observaba el jardín sin verlo realmente. E