La mañana transcurrió con rapidez. Después de desayunar juntos, Giorgio condujo hasta la clínica mientras Lia observaba el paisaje por la ventana. Él llevaba una mano sobre el volante y la otra entrelazada con la de ella casi todo el trayecto, acariciando de vez en cuando sus dedos con el pulgar, Desde la pérdida del bebé se había vuelto todavía más protector, y Lia no solo lo entendía, sino que comenzaba a disfrutar aquella forma silenciosa que tenía de demostrarle cuánto la amaba.
Al llegar f