El viaje fue completamente furtivo. Esa misma noche Lia preparó una pequeña maleta, tomó únicamente lo indispensable y salió de la mansión acompañada por sus dos guardaespaldas de mayor confianza. Nadie la vio marcharse, nadie notó su ausencia. Dejó la puerta de su habitación cerrada exactamente igual que siempre y abandonó Italia bajo el amparo de la oscuridad.
Después de varias horas de vuelo, el avión privado aterrizó en América.
Una cálida mañana la recibió apenas descendió de la aeronave.