Los días comenzaron a pasar con una lentitud desesperante. Ya habían transcurrido dos desde la partida de Giorgio y, por más que Lia intentaba convencerse de que debía concentrarse en el trabajo, sus ojos terminaban buscando el teléfono una y otra vez.
En más de una ocasión estuvo a punto de llamarlo, pero entonces recordaba que el número italiano de Giorgio había quedado en el despacho, había comprado otro número para ir a américa. Paul incluso había intentado entregárselo el mismo día que él