Giorgio permanecía de pie sobre una colina en las afueras de la ciudad. La brisa movía suavemente su cabello mientras sostenía un cigarrillo entre los dedos. Su expresión era la misma de siempre: fría, impenetrable, casi indiferente. Sin embargo, detrás de aquellos ojos grises ardía una guerra que apenas comenzaba.
El silencio de la tarde fue destruido por una violenta explosión, segundos después una segunda detonación sacudió el valle y luego una tercera.
Las llamas comenzaron a elevarse hacia