Al separarse, Giorgio levantó lentamente una mano y acarició con infinita delicadeza la mejilla de Lia. Sus dedos recorrieron su piel apenas unos segundos antes de sonreír con esa calidez que solo ella conseguía despertar en él.
—Hace frío... vamos a casa.
Lia únicamente asintió sin saber porqué le habia respondido de esa manera la frase que llevaba tatuada en su espalda.
Las mejillas seguían completamente sonrojadas, pero su corazón parecía querer salirse de su pecho. Jamás imaginó que un beso