Giorgio revisaba los últimos informes financieros en su despacho cuando el teléfono sobre el escritorio comenzó a sonar. Apenas vio el nombre en la pantalla, una pequeña sonrisa apareció en sus labios antes de responder.
—Don Matteo, ¿cómo está?
—Hola, muchacho. Anoche hubo una tormenta bastante fuerte y quería saber cómo estaba mi niña.
Giorgio apoyó la espalda contra el respaldo de la silla mientras dirigía la mirada hacia el enorme ventanal de la oficina.
—Está bien. Pasé la noche con ella.