Enfermedad.

—Señorita Isabella, la cena ya está lista —anunció Leticia desde las escaleras, con la voz templada, pero clara, justo en el instante en que Isabella descendía los últimos escalones.

Isabella se detuvo en seco al verla. Leticia subía con una bandeja entre las manos, cuidando cada paso como si la porcelana pudiera romperse con solo mirarla.

—Gracias, Leticia —respondió Isabella, girándose levemente para observarla. Sus ojos se clavaron en la bandeja, y la curiosidad le ganó antes de pensarlo dos
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