Cristal.

—Dante, llegaste.

La voz de Lorenzo rompió el silencio del cuarto, atrayendo la mirada de su sobrino hacia él. Dante se detuvo en la entrada, sus manos en los bolsillos, como si intentara contener algo que amenazaba con desbordarse.

—Sí, llegué. —Su voz apenas fue un susurro mientras se acercaba.—Perdón por la tardanza… había mucho tráfico.

Una mentira. Una excusa barata para disfrazar la verdad: que había estado sentado en su auto, con las manos crispadas sobre el volante y el alma hecha pedaz
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