Confusión.
El sol caía con suavidad sobre el jardín, tiñendo las hojas de un dorado melancólico. Isabella estaba sentada en la banca de hierro forjado, lejos del murmullo de la casa, lejos del caos. El papel que Dante había dejado aún latía en su mente como una herida abierta. No podía sacárselo de la cabeza. Había intentado no pensar, pero era inútil. Todo se agolpaba dentro de ella, como una tormenta sin dirección.
—¿Cómo es eso de que Dante te dejó una nota, Isabella?
La voz de Valeria se alzó detrás d