CAPÍTULO 40
Empecé a gritar de dolor. El vientre me ardía como si se me fuera a desgarrar. Solo podía pensar en mi bebé. Tenía miedo de perderlo. Tenía miedo de que todo lo que había soportado no hubiera servido de nada. Mis manos temblaban y sentía la sangre correr entre mis piernas.
—¡Román! —grité—. ¡Ayúdame!
Él se acercó apresurado, Me cargó en sus brazos, desesperado, salio casi corriendo de la mansión, Me subió al auto y le ordenó al chofer que manejara lo más rápido posible hasta el hospital de la manada
—Mi amor perdóname, fue un accidente —repetia mientras yo solo lloraba pensando en mi bebé.
Llegamos al hospital y me atendieron de inmediato. Yo no podía dejar de llorar. No podía controlar el temblor en las manos. El médico me calmó, presionó mi abdomen con cuidado y trabajó rápido para detener el sangrado, sentí que pasaron horas, un siglo, con el miedo de perder a mi bebé.
Cuando finalmente volvió con los exámenes, Román y yo estábamos tomados de la mano, estaba enojada co