A primera hora de la mañana, Eloisa se levantó sobresaltada, como si hubiera escuchado una alarma invisible dentro de su cabeza. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, por qué había alguien más respirando en su departamento y por qué su vida se había convertido en un extraño equilibrio entre lo cotidiano y lo sobrenatural.
Giró la cabeza.
Sebastián ya no estaba en el sillón improvisado donde había pasado la noche, la manta doblada con demasiada precisión era prueba suficiente de que se había levantado mucho antes que ella.
—Claro… —murmuró—. El hijo de la Parca no duerme como los humanos.—.
Se sentó en la cama y, antes de ponerse de pie, miró sus manos, las giró, abrió y cerró los dedos, comprobando que la piel seguía ahí, obediente, humana.
—Bien —susurró—. Seguimos completos.—
Desde la cocina volvió a llegar ese aroma familiar que ya empezaba a inquietarla:m, café y algo tostado.
Eloisa suspiró, se puso una sudadera y caminó hacia la cocina.
Sebastián estaba allí, otra vez, c